lunes, 22 de julio de 2013



Se que no, que no contestaras el mensaje que te envíe, donde se me escapo la sinceridad como de costumbre. Esta costumbre que apareció desde que apareciste y fue increyendo. No espero respuestas, no espero, hoy, que venga lo que va, que tus sentimientos sean bumerang de los míos, ya no. Si te doy esto que tengo es porque no lo puedo dejar pudrir en mi pecho y porque a decir verdad si no confieso lo que confieso, no puedo conciliar el sueño. Tampoco es que al hacerlo pueda dormir aliviada ya que sueles deambular por mi inconciente, pero estas palabras ya quedaron carentes de sentido alguno. Solo quiero que sepas que no te guardo ningún tipo de rencor, que todo lo que te entregue fue por propia voluntad y por placer. Que no te odiaría, aunque pudiera. Porque todas esas sensaciones que engendraste en esta loca que hoy gracias a vos se conoce un poco más fueron contrariedades hermosas. Dejare de molestarte buscándote y confesando lo que llevo adentro talvez de golpe, tal vez de a poco. Pero lo hare, lo prometo, lo prometo por la especie “amor” que en mi plantaste, que no será el máximo que alcance pero por ahora es a lo que más me he acercado. Gracias nuevamente por dar pie a que descubra, de mi, este costado, este costado izquierdo que late más que nunca. No quiero que esto suene depresivo, no podría escribirte a vos algo triste ya que la alegría que me diste es inmensa e inagotable. Demostraría que de vos y de mi no aprendí nada si esto lo escribiera melancólicamente, seria todo lo contrario a lo que fuimos (digo fuimos porque se que hubo un pequeño nosotros). Asíque esto va con una enorme sonrisa, como no podía ser de otra manera. Porque las risas descubrí fueron nuestro mejor símbolo y emblema. Hoy puedo decir sinceramente que no me importa el final sino los breves capítulos que pasamos, o quizá fue solamente un reconfortable prologo. Se que no te darás por aludido y prometo hacer lo posible por no analizarte aquello. Hoy tengo el valor para gritarle al mundo que me gustaste, que me moviste el piso y que descubrí que soy menos orgullosa de lo que creía. Estas son suficientes razones para haberte regalado un “te extraño” y bastantes para conformarme con mi actitud y no esperar utópicamente que me respondas que vos a mi también.





17 de octubre de 2010 - 18.00 hs

domingo, 21 de julio de 2013


El ya estaba en la lucha. Lo recuerdo como si lo viese, con la mirada llena de brillo, con la frente levantada, con su limpia sonrisa, con su palabra encendida por el fuego de su corazón. Vi desde el primer momento la sombra de sus enemigos, acechando como buitres desde la altura o como víboras pegajosas desde la tierra vencida. Lo vi demasiado solo, excesivamente confiado en el poder vencedor de sus ideales, creyendo en la primera palabra de todos los hombres como si fuese su propia palabra, limpia y generosa, sincera y honrada. No me atrajeron ni su figura ni los honores de su cargo y, menos, sus galones de militar. Desde el primer momento yo vi su corazón, y sobre el pedestal de su corazón, el mástil de sus ideales sosteniendo cerca del cielo la bandera de su Patria y de su Pueblo. Vi su inmensidad, una soledad como la de los cóndores, como la de las altas cumbres, como la soledad de las estrellas en la inmensidad del infinito. Y a pesar de mi pequeñez, decidí acompañarlo. Por seguirlo, por estar con él, hubiese sido y hubiese hecho cualquier cosa menos torcer la ruta de su destino. Fue cuando le dije un día: "estoy dispuesta a seguirlo, donde quiera que vaya". Poco a poco yo entré también en sus batallas. (...) Yo quería estar con él los días y las noches de su vida, en la paz de sus descansos y en las batallas de su lucha. Ya sabia que él, como los cóndores, volaba alto y solo. ¡Y sin embargo yo tenía que volar con él! Confieso que no medí desde el principio toda la magnitud de mi decisión. Creí que podía ayudarlo con mi cariño de mujer; con la compañía de mi corazón enamorado de su persona y de su causa, pero nada más. Pensé que mi tarea, junto a su soledad, era llenarla con la alegría y con los entusiasmos de mi juventud.

(...) Y así emprendimos el camino: alegres y felices en medio de la lucha. (...) Sin que yo lo advirtiese, fui aprendiendo también a través de sus conversaciones la historia de Napoleón, de Alejandro y de todos los grandes de la historia. Y así fue que me enseñó también a ver de una manera distinta nuestra propia historia. Con él aprendí a leer en el panorama de las cuestiones políticas internas e internacionales. Muchas veces me hablaba de sus sueños y de sus esperanzas, de sus grandes ideales. Metida en un rincón de la vida de "mi Coronel", se me ocurre que yo era algo así como un ramo de flores en su casa... Nunca pretendí ser más que eso. Sin embargo, la lucha que se libraba era demasiado dura, muy grandes sus enemigos, casi infinita su soledad y demasiado grande mi amor para que yo pudiese conformarme con ser nada más que un poco de alegría en su camino.

Eva Duarte